He aquí un extracto de una reflexión que escribí hace tiempo sobre la improvisación teatral, a la que me dedico desde hace un tiempo. Estoy pensando en organizar un taller donde desarrollar estas ideas. Ya veremos…

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A menudo, los grupos de estudiantes de improvisación teatral están conformados por actores y no actores al mismo tiempo. Personas con distintos objetivos se acercan a la impro para aprender la técnica, lo que proporciona al profesor la posibilidad de formar al estudiante en su globalidad, sus capacidades actorales, dramatúrgicas y de dirección escénica. Es habitual, bien por parte del alumno que ha encontrado la impro a través de espectáculos en los que los improvisadores les han impactado por su facilidad y habilidad verbal, o bien por parte del profesor, potenciar como parte fundamental de la formación en impro las capacidades dramatúrgicas sobre la expresión corporal o la puesta en escena. El resultado es una suerte de dramaturgos inmediatos que, con mayor o menor fortuna, sobre el escenario, dialogan historias  que hacen reír a un público acostumbrado a la comedia. Esta impro de usar y tirar se convierte en algo cerebral, inmediatamente premeditado por el bien de la historia que se está contando. En el mejor de los casos, los improvisadores más osados, agregan a su interpretación la mímica, el movimiento escénico, la creación de objetos y espacios, etc, elementos todos ellos útiles a la interpretación. Útiles como lo son las palabras, pero unos y otras carecen de otro objetivo que no sea el de cumplir con unas “reglas de la impro” aprendidas como una receta de cocina que, de nuevo, convierte en premeditado todo aquello que está ocurriendo sobre el escenario.

Muchos improvisadores, sobre todo aquellos que están empezando, han sentido en alguna ocasión en el transcurso de una impro la sorprendente irrupción en la historia de una acción, una frase, un acontecimiento que ha surgido inequívocamente del momento. Es un momento que se recuerda para toda la vida. Se puede ver incluso en el público que lo presencia. De algún modo, ese público que desconoce las reglas del juego, que ha estado riendo durante buena parte del espectáculo, reconoce también ese momento. Lo señala y sabe que algo especial ha sucedido. Reacciona igual que lo hacen todos los improvisadores. Se siente tocado por ese momento de gracia. Luego, ¿qué hemos estado haciendo el resto del tiempo? ¿No debería ser esa sensación la base habitual de nuestro trabajo como improvisadores?

La impro no consiste en aprender a pensar más deprisa, sino en no pensar. Pensar, pre-meditar lo que va a suceder inmediatamente en la escena, aunque sea un paso acertado en la dramaturgia que estamos creando en directo, nos impide escuchar lo que está ocurriendo en cada momento. Bloquea infinidad de posibilidades antes siquiera de que estas puedan influir definitivamente en la historia para llevarnos a un lugar inesperado, improvisado.

Escuchar es la palabra clave para la improvisación, para la interpretación verosímil, para la dramaturgia. En la vida real, ante una frase con poca información como “tenemos que hablar”, no sólo escuchamos las palabras, ni quién es la persona que las pronuncia con respecto a mí. Es importante la profundidad de nuestro vínculo, la entonación, el lenguaje corporal, la gravedad de su estado de ánimo, el contexto en que han sido pronunciadas. Más aún, nuestro estado de ánimo, la acción que estamos llevando a cabo, lo que acaba de sucedernos, lo esperado o inesperado del mensaje. Nuestro cerebro no se preocupa de reunir racionalmente todos esos datos en cuanto escucha esas palabras. Él está aquí y ahora con nosotros, captando lo que sucede tal como sucede.

No podemos pretender tener todos esos datos previamente en una dramaturgia no escrita, como es la de la impro. Entraríamos en el terreno de la premeditación. Pero podemos, debemos, descubrirlo en escena escuchando…”