Cuando empezamos a hacer el “Catch” de Impro en La Casa de los Jacintos, allá por 2005, parafraseábamos con el público asistente una de las reglas de El Club de la Lucha (David Fincher, 1999). Ellos decían: “No hablarás del Club de la Lucha”, nosotros: “Hablarás con todo el mundo del Catch de Impro”. Aquellas veladas underground me resultan inolvidables. El público se hacinaba en una estancia unos 50-60 metros cuadrados situada en un sótano sin salidas de emergencia. Se bebía, se fumaba y se hacía por vez primera el Catch de Impro en Madrid (y casi en España).

Para los que no lo sepan, este formato de improvisación teatral, que ha eclipsado a cualquier otro, nació de la compañía belga Inedit Théâtre en respuesta al primer formato comercializado, el Match de Impro, ya que este último, aún hoy, está sujeto a derechos de autor que hay que pagar cada vez que uno lo juega. Los belgas pensaron que estaría bien que existiera un formato universal que perteneciera a la comunidad de improvisadores e inventaron un “match” sin reglas, donde todas las faltas que un equipo pueda cometer sólo son penalizadas si el maestro de ceremonias así lo estima. Una bella iniciativa.

Ahora que estoy a punto de comenzar las clases que imparto en la escuela de Impromadrid me vuelvo a preguntar sobre esas “reglas” de la impro.

Ha llovido mucho en el mundo impro desde entonces (es un decir en Madrid) y lo que antaño eran un par de compañías que se dedicaban a esta disciplina ahora es un mar de grupos de improvisadores que buscan teatros, locales, bares y asociaciones para jugar. Hay todo tipo de niveles y, he de decir, lamentablemente, mezclados entre sí, de forma que el público muchas veces no puede distinguir la oferta profesional y experimentada de la de los jóvenes ilusionados que empiezan a subirse al escenario. En ello estamos y a algún sitio llegaremos… En esto, de momento, no hay reglas.

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Pero de lo que quería hablar es de otra cosa. Tiene que ver con lo que enseñamos los profesores de impro. Esas “reglas”, escritas o no, con las que se pueden crear historias en el acto a partir de los estímulos que el público proporciona.

Innovar es un arma de doble filo. A veces, aburridos de los mismos ejercicios y formatos, nos da por inventar, explorar, dar vueltas y vueltas para sacar agua de un pozo del que creo que, al menos a nivel de reglas y formatos, ya se ha sacado casi todo. Creo que más o menos ya lo he visto todo y sería absurdo pensar que voy a dar con la clave de algo que no haya experimentado antes otro improvisador avezado en alguna parte del mundo.

Me viene a la cabeza un libro que estudié de cabo a rabo cuando aprendía interpretación. ¿Por qué? Trampolín del actor, de William Layton (Ed. Fundamentos). Este libro, que me parece más imprescindible para dramaturgos que para actores, enseña un millón de conceptos “útiles” para el actor y utiliza la improvisación como base de la comprensión del texto y el personaje: deseo, estrategia, razón para entrar, urgencia, razones para pedir, razones para negar… No quiero restarle valor, pero lo peor que puede hacer un actor o actriz en un rodaje es detener la secuencia para preguntar al director su razón para entrar o dónde está la urgencia.

Tengo la impresión de que a veces nos metemos en jardines que dificultan la espontaneidad y la escucha necesarias para la improvisación. Acontecimientos, estímulos, retos, juegos de palabras, creación mímica de objetos, espacios, en fin… la lista sigue.

Ayer hablaba con Ignacio López de Impromadrid y me contaba su obsesión por el contenido de la impro. Y tiene toda la razón. ¿De qué se llenan las historias que tan bien (o tan mal) sabemos improvisar en el escenario?

Para mí, y eso es lo que voy a tratar de enseñar a mis alumnos este año, las reglas son sólo y siempre 2: escuchar y aceptar. Pero hacerlo de verdad, o sea, completa y verosimilmente. Y en cuanto a los elementos de los que se compone una historia, improvisada o no, ya lo decían los antiguos, son sólo 3: personaje, espacio y acción. Un personaje con todos sus matices y sus deseos, en unas circunstancias (espacio) concretas, ¿qué hará?.

Y ya está. Menos innovar por innovar y más escucha, y más contenido. Un personaje, cuando está bien hecho, tiene mucho que contar.

Mientras pensaba en todo esto, imaginaba un estímulo del público… un personaje… un panadero. Se levanta cada mañana para abrir su pequeño horno, soñando, deseando hacer el mejor pan del mundo, porque su padre le enseñó a hacerlo y se enorgullecía de ello. En seguida me ha venido a la mente la visita del fantasma del padre a la panadería, advirtiéndole que su nuevo padrastro quiere hacer negocios con un supermercado para vender un pan más barato y al por mayor, la madre que no entiende al hijo, una clienta enamorada del panadero que se vuelve loca frente a la obsesión por el pan del protagonista y un duelo final con barras de pan que termina en tragedia… El panadero podría llamarse Hamlet.