La NASA tiene en su página web un blog en el que va narrando las aventuras de la sonda Cassini en su viaje de exploración a Saturno. Es una especie de diario científico en el que van contando las hazañas científicas a las que se enfrenta. En algún momento os contaré mi inusitado interés por esta misión espacial, pero de momento es un secreto…

La citada misión despegó de La Tierra en 1997 y llegó a la atmósfera de Saturno en 2004. Un largo viaje. Es decir, todo el equipamiento científico que está a bordo de la Cassini se inventó hace ya casi 20 años. No es de extrañar que cosas que ahora compramos como gadgets superinnovadores tengan su origen en la investigación espacial. A todos nos han contado alguna vez que los pañales para bebé nacen de la necesidad de los cosmonautas de miccionar en gravedad cero, aunque el nombre del científico que tuvo que plantearse ese problema haya caído en el olvido.

En abril de este año, mi amigo y gran actor Juan Expósito me propuso la dirección de un texto que él mismo había escrito, El hombre que casi conoció a Nacho Vegas. Juan, además de escritor y gran actor tiene una escuela de teatro en Carabanchel donde aporta su granito de arena a la difusión de la cultura en Madrid, es decir, que además es una gran persona. El texto lo estrenó casi al mismo tiempo un amigo suyo en Uruguay con otro título, El hombre que casi llegó a la luna, ya que allí Nacho Vegas no es un nombre que mueva al público especialmente, y está extraído de uno de los momentos del monólogo.

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El argumento gira en torno a un extremeño que está esperando a una chica, preparando una buena velada y componiendo una canción para impresionarla en el momento álgido de la noche. Como es esperable, la chica tarda en llegar y eso proporciona la excusa para que el protagonista hable con el público de si mismo y de lo que ha sido su vida. Una vida llena de “casis”. En un momento dado, nos habla del hombre que casi llego a la luna, ese miembro de la tripulación del Apolo XI que, por alguna razón, no llegó a pisar la superficie de nuestro satélite aunque estuvo a punto. Estuve investigando y lo normal en estas misiones espaciales, y más en la primera que se planteó un alunizaje, es tener una tripulación de repuesto por si alguno de los elegidos sufría algún percance que le impidiera el viaje. Pero no es de esos hombres de los que habla la obra.

Yo creo que se refiere más bien a Michael Collins, no el líder revolucionario irlandés, sino el tercer miembro real de la tripulación del Apolo XI que nunca pisó la luna. Mientras Neil Armstrong y Buzz Aldring daban saltitos y decían frases para la posteridad, Collins se quedó en el módulo de mando orbitando el satélite, imagino que con cara de imbécil. Era necesario para la misión, pero pongámonos en el lugar del pobre Michael…

Este año, además, la magnífica improvisadora Ainhoa Vilar y yo, recuperamos un espectáculo de impro que ella había creado junto a la no menos magnífica Raquel Racionero: Inventario (espero anunciaros pronto que volverá a la cartelera). Comienza con la llegada al teatro de la Doctora Meyer y el Doctor Hold, que bajan desde la Estación Espacial Internacional a La Tierra para recoger las historias de los grandes inventos de la humanidad y transmitirlas, si llega el caso, a otras civilizaciones alienígenas para que conozcan al ser humano. ¿Cómo se inventó la tostadora, el honor, el ritmo, la gelatina…? Como ninguno de los dos somos tan sabios como para conocer las historias reales de esos inventos que propone el público, improvisamos.

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Los seres humanos hemos pasado de ser el centro de la creación a habitar la superficie de una Tierra plana alrededor de la cual, giran en esferas concéntricas todos los astros. Hemos descubierto, no sin juicios ni hogueras, que la Tierra es redonda y no está en el centro, sino que gira alrededor del Sol. Que el Sol es una estrella más de entre millones de estrellas, y que está situado en el borde de una galaxia, la Vía Láctea, en cuyo centro hay un agujero negro. Que hay millones de galaxias repletas de estrellas además de la nuestra a las que nunca llegaremos. Y seguimos buscando el límite del universo y preguntándonos qué hay detrás de ese límite.

Si el tema os interesa tanto como a mí, os recomiendo un librito fascinante que me zampé hace poco en una tarde: Una breve historia para entender el universo, de Hubert Reeves (Ed. comanegra). Está escrito a modo de conversaciones entre un abuelo (el autor) y su nieta mientras contemplan el cielo estirados sobre unas tumbonas. Delicioso.

Yo por mi parte, seguiré explorando el cosmos con mi nave espacial de neuronas, ya que nunca seré astronauta. Las razones las escribí hace tiempo y aquí las comparto:

 

PLANETA X

Si pudiera llegar a otro planeta,
digamos el planeta X,
haría sin duda experimentos
diferentes a los que planea la NASA, la ESA o el CSIC.
Buscaría en la noche estrellada de X
los nuevos dibujos de las constelaciones terrestres,
tocaría el oboe, por fin, con una atmósfera diferente a la terrestre,
dormiría una siesta sobre la superficie
para escribir al despertar los sueños evocados,
daría un beso para ver si suena igual,
lloraría un poco para ver si se llora igual,
dispararía un arma para ver si el desastre es posible en X,
inventaría, por primera vez en X, el fuego y la rueda
para saber qué sintió el hombre aquel día en la tierra,
trataría de hacer vino y cerveza con denominación de origen X,
y repasaría muy despacio todo lo que siento
para ver si acaso yo también he cambiado.
Es parte de lo que yo haría.
Probablemente por eso, la NASA no cuenta conmigo
y nunca llegaré a otro planeta.

 

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(Foto Saturno, fuente: NASA)