Una de las cosas buenas que tiene el haber llegado a los 43 años es que de vez en cuando puedo echar la vista atrás y encontrarme cosas que  escribí en mi juventud, cuando veía la vida de otro modo y todo quedaba por hacer.

Me recuerdo a mí mismo escribiendo poemas nocturnos en cuadernos de una raya a mis 17 años, componiendo cancioncitas a mis 18, empezando a escribir obras de teatro a mis 23. Todo era por puro placer y en aquel momento ni se me pasaba por la cabeza dedicar mi vida a la creación.

Muchas de aquellas manifestaciones me resultan un tanto bochornosas ahora, pero, en algunas, encuentro de nuevo inspiración y, de tanto en cuanto, rescato cosas que me parece que guardan un valor y una energía juvenil que ahora se han transformado en otras cosas.

Hace unos meses descubrí por azar en lo alto de una estantería un viejo cuaderno donde, al parecer (ni me acordaba), hice una serie de dibujos allá por 1990 (17 añitos) entre lo abstracto y lo simbólico con un rotulador azul. Casi al mismo tiempo, casualidades del destino, había adquirido un lienzo bastante grande para mi poca experiencia con la pintura al óleo (81 x 54 cm), y llevaba un tiempo dándole vueltas a qué pintar en él. Difícil, ya que no me siento muy apegado al paisaje y hasta ese momento me había ceñido a cuadros con una sola figura. Confieso que lo compré en un impulso, como si empezara a necesitar más espacio en blanco….

Decidí hacer una composición rescatando algunos de los dibujos de juventud de aquel cuaderno, no tal cual estaban plasmados, sino tal cómo me llamaban la atención aquí y ahora. Así que seleccioné algunos por sus líneas, por sus formas, por sus títulos (sí, les ponía títulos en aquellos años).

Así quedó la primera composición de líneas y figuras:

juv01

Seguramente lo que yo veo es distinto de lo que ve cada uno. Un hombre, una mujer, una máscara, una cruz, una pareja, un animal, un ala, una caricia, una neurona, un órgano…

Como estoy aprendiendo a pintar solo, es probable que algún experto en la materia señale tanto los aciertos como los errores de esta manera de proceder y de la colocación de las figuras en la composición. Pero bien es cierto que la única manera de aprender a pintar es pintando.

La cosa siguió así, muy despacio, por supuesto:

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No puedo responder claramente a cómo fui eligiendo los colores de cada zona o figura. Me sucede que adquiero una especie de sinestesia extraña cuando quiero hacer un cuadro. No sé si es por haber leído a Kandinsky, pero veo inequívocamente las cosas con un color y me fío de esa intuición. En otras entradas podéis ver otros dibujos míos para haceros una idea de lo que estoy hablando. Supongo que la iré desarrollando más a medida que haga más cuadros.

Cuando di por terminada la obra, había quedado así:

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Juventud.

No puedo dejar de verme dual, ahora que me he dejado llevar por los pinceles. Es como si hubiera dejado toda la luz, el orden, la claridad en las figuras en la parte izquierda, reservando para la derecha la confusión, los colores fríos, las figuras fantasmagóricas, lo inacabado… ¿Soy así? ¿Era así en mi juventud? ¿Veo así a mi joven yo?

Aunque suene manido, es cierto que todos tenemos nuestras luces y sombras. Tenemos cosas muy claras, cosas que no cambiaran nunca, quizás aquello a lo que aspiramos. Y tenemos, al mismo tiempo, un batiburrillo de sentimientos y pensamientos, una duda constante,una serie de asuntos sin cerrar del todo…

Los sentimientos y lo cerebral… Alguien diría (por ejemplo, Antonio Damasio) que es lo mismo, que todo está en el cerebro, a pesar de que todos comprendemos perfectamente sin explicaciones científicas la diferencia entre pensar y sentir.

Se me ocurren muchas dualidades para hablar de este cuadro, pero el caso, lo importante para mí es que es dual. Será que soy géminis… Lo dudo. No creo en horóscopos. Será que soy humano…