Hace mucho tiempo luché contra microbios. Caminé por pasillos oscuros repletos de viejos aparatos de laboratorio trabajando para una organización de esas que se nombran con siglas. Mi capa de superhéroe era blanca y con botones, y me enfrentaba cada día a genes y proteínas que me lanzaban preguntas para debilitarme. Durante años me ganaron mil batallas, a pesar de que descuarticé a mil enemigos microscópicos para extraerles su esencia génica y proteica. Busqué las guaridas de sus armas mortíferas hasta encontrarlas en un lugar inesperado, comprenderlas e inutilizarlas. Viajé a otro país para reclutar microbios amigos que me sirvieran de aliados. Contraataqué por otros frentes, estresando a mi enemigo, arrinconándolo con virus de ínfimos tamaños. Me enamoré, en la batalla, de una chica que me salvó en lugar de salvarla yo a ella. Y después de diez años de aventuras y vuelos, colgué mi capa y empecé a hacer teatro.

No escribí un cómic de todo esto, aunque podría haber sido. Escribí una tesis con un nombre incomprensible, como tantos otros héroes que estuvieron antes y vinieron después a luchar contra otros monstruos.

Ahora lucho en otros campos de batalla bajo el calor de luces de colores que me apuntan. Conservo mi mejor virtud, mi superpoder… La curiosidad que mata monstruos hasta que me mate.

Todo esto podría ser un cuento, pero es cierto. La culpa la tiene mi madre, que un día me dijo que tengo complejo de superhéroe, y que me levanto cada mañana con la intención de salvar el mundo y me deprimo cada noche por no haberlo conseguido.

Sigo rodeado de otros monstruos, sin capa y sin chica que me salve. Ojalá la experiencia me sirva para algo, porque esta aventura va a ser dura de cojo…

toro

Alguien publicó mis hazañas.