Creo que aún no he escrito en este blog nada que no sea enteramente mío, pero he recordado un monólogo y viene a colación transcribirlo por muchas razones.

Hoy leía la noticia de que un pequeño porcentaje de los actores y actrices españoles pueden vivir realmente de su trabajo. Este mundo es complicado, como todos los mundos paralelos, laboralmente hablando, y somos muchos para muy poco público interesado en la cultura.

No me apetece entrar a discutir por qué triunfan los que triunfan y no otros y no todos los que tienen talento. Sería como discutir acerca de quién se come una tarta que no existe. Pero este monólogo me recuerda una forma de ser y de entenderme y creo que lo he seguido como una especie de código a pesar de las dificultades que entraña este oficio.

Recuerdo que lo recitaba en la primera obra de teatro que escribí. Se llamaba Con ustedes el maravilloso mundo del teatro. Así de claro. Una compañía de teatro aficionado, con todas sus peculiaridades, se enfrentaba al montaje de una obra que había escrito el propio director.

La puse en escena allá por el 1998 con unos amigos y contábamos nuestra propia experiencia en este ámbito. En un momento de auténtica crisis, el director recitaba a Edmond Rostand, su obra más conocida, su personaje más inmortal: Cyrano de Bergerac.

Merece la pena leerlo cuando uno está a punto de perder el norte de lo que hace en este oficio (o en cualquier otro…). La traducción es la de editorial Austral.

“…¿Y a qué precio lo alcanzara?
¿De qué medios me valdría?
Di. ¿buscando un protector
y medrando a su favor
cual la hiedra que a porfía
el firme tronco abrazando
lamiéndole la corteza
suavizando su aspereza,
va poco a poco escalando
la copa? ¿Yo así medrar?
¿Yo por astucia elevarme?
¿De mi ingenio no acordarme
ni con mi esfuerzo contar?
¡No, gracias! ¿Con la pretensión
de que a su mesa me siente,
arrastrarme, cual serpiente,
ante estúpido anfitrión,
y ejecutar contorsiones
con agilidad dorsal?
¡No, gracias! ¿Qué cual necio tema
si otro más necio me irrita?
¿Consagrarme a una visita
mejor que a hacer un poema?
¿O, tras mil y mil desgracias,
a sueldo hacer memoriales
u otros oficios triviales?
¡No, gracias! ¡No, gracias!
En cambio… ¡Oh, dicha, vencer
gracias al propio heroísmo,
fiando sólo en ti mismo,
pudiendo siempre a placer
himnos de gloria entonar
o denuestos proferir,
soñar, despertar, sentir,
lo que es hermoso admirar;
tener firme la mirada,
la voz que robusta vibre,
andar solo, pero libre,
ponerte, si ello te agrada
el sombrero de través,
por un sí o un no batirte,
hacer versos o aburrirte,
ser arrogante o cortés;
no escribir nunca, jamás,
nada que de ti no salga,
y, modesto en lo que valga
pensar que otro vale más;
¡y contentarte, por fin,
con flores, y hasta con hojas,
como en tu jardín las cojas
y no en ajeno jardín!…
En resumen; desdeñar
a la parásita hiedra,
ser fuerte como la piedra,
no pretender igualar
al roble por arte o dolo,
y, amante de tu trabajo,
quedarte un poco más bajo,
pero solo, siempre solo…”