En las pocas ocasiones en las que he tenido la suerte de impartir clases de historia del teatro siempre me he preguntado si soy más de Plauto o de Aristófanes. Puede parecer banal como cuestión y, de hecho, no me ha quitado el sueño, pero quién no se entretiene de vez en cuando con este tipo de juegos o se ha visto sometido en la consulta del psicoanalista a una serie de elecciones rápidas que, se supone, definen una parte de lo que eres o cómo afrontas la vida.

Es innegable que Plauto (254 a.c.-184 a.c.) ha ejercido una influencia infinitamente mayor en la comedia. Los argumentos de sus obras han sido utilizados como base para la comedia a lo largo de siglos. El mismísimo Shakespeare toda más de una idea prestada para sus comedias. Pero Aristófanes (444 a.c.-385 a.c.), Aristofanes, sin acento, como me diría una amiga griega, se tomaba la comedia muy en serio. Mientras Plauto reflejaba arquetipos que todo el mundo conocía y podía identificar con algún paisano anónimo, el dramaturgo griego no tenía reparos en poner nombre y apellido (si es que se usaba el apellido en la antigua Grecia) en mitad de la crítica más ácida y visceral al comportamiento poco ético de sus conciudadanos.

En mi juventud teatral, elegí en primera opción a “Aristofanes” y allá por el 1999 hice una adaptación de Pluto. Para los que no la hayan leído, Pluto es el dios Dinero, y vaga ciego por el mundo porque algunos le dejaron sin vista con el fin de que no pudiera elegir con quién se juntaba. Así el dinerito siempre iba a las manos de los que manejaban el cotarro. Los protagonistas de la acción, Crémilo y su sirviente Carión, le siguen sin saber quién es, aconsejados por el oráculo y, cuando descubren la identidad del invidente, aprovechan la ocasión.

La parte más interesante de la obra es la aparición de otra diosa, Pobreza, y el consecuente “agón” que se produce entre Crémilo, defensor de devolverle la vista a Dinero y la recién llegada a escena. El agón es un debate, una confrontación dialéctica entre dos personajes en la que cada uno expone sus razones a favor o en contra de algo. En este caso, Crémilo argumenta que está bien que Dinero recobre la vista para que pueda ir con los que le necesitan. Pobreza, por su parte, defiende que si todo el mundo tuviera dinero, nadie trabajaría y, por tanto, no habría quien produjera comida, utensilios, etc.

Es una maravilla educativa…

Me sigue apasionando leer a los clásicos y uno de mis favoritos es “Aristofanes”. En los convulsos tiempos políticos que estamos viviendo en España, siendo, según las estadísticas, la corrupción una de las principales preocupaciones del ciudadano, me resulta interesante que desde los comienzos de la democracia (palabra griega), hace 2500 años, el comediógrafo griego finalizara su agón con estas palabras de Pobreza:

“…Yo hago a los hombres mejores que Dinero, tanto en su espíritu como en su cuerpo: con él son gotosos, echan tripa, tienen las piernas hinchadas y una obesidad descarada; a mi lado están delgados, y con los sentidos alerta. Y en el espíritu, no digamos: no hay más que ver a los políticos. Cuando son pobres son honrados con la gente y con el Estado, pero en cuanto se hacen ricos a expensas del erario público, en seguida se vuelven unos sinvergüenzas que conspiran contra el pueblo y luchan contra la democracia.

Ahí queda eso…

mascarasgriegas