Mariana lo cambió todo en 2009. Para mí fue un año muy intenso en el que, para empezar, me di de alta como profesional de las artes escénicas. Ya os hablé de Fulminati teatro, la compañía que fundamos el año anterior unos amigos y yo para investigar un poco más sobre la commedia dell’arte y sus raíces históricas.

En El Basilisco enamorado, nuestro primer espectáculo, cantábamos algunos madrigales del siglo XVI como parte del espectáculo y Malela Durán se encargó de afinar nuestras voces y dar un poco de coherencia a la parte musical. Malela había puesto en marcha un coro de mujeres unos años antes y, en aquel momento, el coro se estaba convirtiendo en mixto, es decir, necesitaban voces masculinas. Con un par de proposiciones, ya me tenía ganado y allí me presenté.

“Allí” era el local que había ocupado el colectivo Patio Maravillas en la calle Acuerdo de Madrid, un lugar mágico en el que se impulsó definitivamente la cultura de la autogestión en la capital y donde lo mismo te podías encontrar a amantes del software libre, clases de tango o un coro de música clásica. Y sobre todo, un lugar de encuentro de bellas personas a las que unía un deseo común de estar juntas para hacer algo bello.

También os he hablado de que en aquella época estaba inmerso en la gestión de otro espacio, La Casa de los Jacintos, que, igualmente, sirvió de hervidero de artistas de muy diferentes disciplinas que nos hicimos amigos y, aún hoy, seguimos trabajando juntos en diferentes proyectos artísticos.

No puedo definir aquel momento mejor… Aquella conjunción de personas de 2009 a mi alrededor, llenas de talento, de las que sólo podían salir cosas buenas… Juntos, hicimos videoarte, jams de poesía, conciertos de jazz, de música clásica, impro, fotonovelas, y un largo etcétera de cosas que acababan siempre en una fiesta para el alma.

Y entonces llegó Mariana, 450 años después de muerta a contarme su historia.

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Era una bailarina y cantaba deliciosamente. Pocos datos más se saben de su personalidad artística. Iba por los caminos cuando el Duque de Medinaceli, Don Gastón de la Cerda, la llevó a su palacio en Cogollugo (Guadalajara) y la pidió que se quedara a su servicio. Ella accedió y permaneció varios años junto al Duque, hasta que la muerte de éste provocó que sus herederos la echaran sin pagarle un solo maravedí. No era para menos, teniendo en cuenta que el Duque se había encaprichado de Mariana de una extraña forma: la cortó el cabello y la tenía a su lado, vestida de hombre, y la hacía cantar y bailar de vez en cuando. Cosas de nobles, supongo.

Para su sorpresa, la de los herederos, unos años más tarde, les llegó un pleito interpuesto contra ellos de parte de Don Lope de Rueda, reclamando el dinero que se le debía “a su mujer”, Mariana, por los años de servicio prestados en el palacio.

Lo magnífico de la historia es que en mitad del siglo XVI (1556), un empresario teatral, un actor, un cómico (aunque ya de aquellas fuera famoso), pusiera un pleito a un noble… ¡y lo ganara! En el juicio, que se prolongó varios años entre apelaciones y burocracias, testificaron varios artistas, actores y músicos, básicamente para expresar que conocían a la tal Mariana, que bailaba y cantaba muy bien y que a ellos, cuando se les contrataba como artistas, se les pagaba justamente por el trabajo. Tuve la suerte de hojear los documentos originales del pleito que se conservan en la Real Chancillería de Valladolid, hoy archivo histórico. 500 años de historia entre las manos…

Ahí es donde nace el teatro profesional, ya que anteriormente, lo normal era que cada uno tuviera un oficio y se apuntaran a las representaciones de las festividades sin recibir por ello una compensación económica. Los cómicos italianos que llegaron posteriormente a España (en 1575, la compañía de Alberto Naselli) afianzaron esa manera de proceder, ampliaron los días de representación, mejoraron las instalaciones de los incipientes corrales de comedias y contagiaron su sentido de negocio a las compañías españolas. Poco después entrábamos en el Siglo de Oro de nuestra literatura de la mano de dramaturgos (poetas) como Lope de Vega, Tirso de Molina o Calderón de la Barca.

Así que Mariana lo cambió todo, poéticamente hablando, y yo escribí su historia.

La Rueda del Juicio fue mi primer monólogo, y el primer espectáculo que hice como profesional del teatro. Es un paseo por el teatro español del siglo XVI, donde un cómico acude a testificar en favor de Mariana y, para que los “oidores” le tomen en cuenta, relata su vida. Cómo conoció y aprendió de Juan del Encina, cómo viajó hasta Italia, donde encontró una compañía de commedia, cómo regresó y entró al servicio del Duque de Medinaceli, y cómo estando allí, conoció a Mariana y se enamoró de ella.

Tiene un sabor especial para mí por muchas cosas que, como siempre, no me caben en esta entrada. La escenografía, por ejemplo, la construimos mi padre y yo en el garaje de su casa. Espero reponerlo algún día, por lo que no desvelo el final del espectáculo. Sí os diré, para que todo cuadre, que sonaba la música que aquí os dejo. No tienen vado mis males, de Juan del Encina. Grabada una tarde en La Casa de los Jacintos con dos mujeres que cantaban conmigo en el Coro LaDinamo-Patio Maravillas. Dos de las mujeres a las que más he amado en mi vida (sobre todo una de ellas).