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El sábado que viene estaré en Barcelona impartiendo un curso que aúna dos de los aspectos teatrales que no sólo me caracterizan, sino que me han aportado una forma de ser y de entender el teatro: máscaras e impro.

La invitación (porque he sido invitado) parte de la compañía de impro The Modestos, afincada en la ciudad y de la que reconozco que conocía poco.

Hoy hablaba con mi amiga Ángela Conde de la importancia que tienen estos momentos para nosotros, los profesionales del teatro, que ponemos el alma y el corazón en este oficio y no siempre encontramos un reconocimiento de nuestro trabajo. Y es que el hecho de ser invitado implica algo grandioso y bello que tiene que ver con ese reconocimiento de lo que has cultivado durante mucho tiempo. La otra cara de la realidad son salas menos que medio vacías, invitaciones a amigos y poca agitación mediática sobre lo que uno o una ha estado gestando durante más de nueve meses. Tema económico, paso palabra.

Con ella, con Ángela, y con el resto de su compañía, los Doctores de la Impro, me sucedió algo igualmente extraordinario el año pasado, cuando me pidieron que les dirigiera su nuevo espectáculo de improvisación,Versus una revolución improvisada. Así que cuando una compañía piensa en ti como el más adecuado para dar a luz un nuevo proyecto, sólo puedes dar las gracias.

Volviendo a las máscaras, ya que de impro he hablado en otras entradas, no sólo son el símbolo del teatro, con su sonrisa hacia arriba o hacia abajo.

La máscara es el personaje, el disfraz, el otro ser en el que me transformo para que pueda contar su historia. Para mí, es la esencia del teatro desde el punto de vista del actor. La máscara es un objeto extracotidiano que se acerca más a la obra de arte que a la magia o a la espiritualidad. Es cierto que existe una historia de la máscara y del teatro ligada a la espiritualidad y/o a la magia, pero recomiendo encarecidamente a todo interesado en la materia que visualice (o vea, si tiene la posibilidad) al artesano que toma un buen pedazo de madera y esculpe un rostro, y coloca el cuero mojado sobre él, y lo bate durante varios días hasta que coge la forma definitiva… Hay algo mucho más humano que espiritual en ese objeto….

La esencia de la máscara teatral radica en algo que es aplicable a toda forma de interpretación, independientemente de si se trabaja en teatro, en cine, con objetos, con títeres, en televisión… : si como actor estás demasiado lejos de la máscara, demasiado “fuera”, se convierte en una careta. Algo que tapa la expresión y que deja a la vista el cuerpo y las emociones del que la lleva; si estás demasiado cerca de la máscara, demasiado pegado a ella, te conviertes en una caricatura, te deformas y no puedes separar tu historia de la que quiere contar el personaje. Te conviertes en un yo histriónico, impostado. Un yo falso que cuando sale por la puerta del teatro, sin máscara, sigue siendo una máscara de sí mismo. Un imbécil insufrible, en suma, que no reacciona de manera natural o verosímil al mundo real en el que vive. La práctica teatral con máscaras te permite encontrar la distancia justa a la que debe situarse el actor de su personaje para dejarle hablar. Es un delicado equilibrio que… se ve.

Desde dentro, el actor o la actriz encuentra una voz que sabe conscientemente que no es la suya, pero que es imparable. Y nace el universo de pensamiento del personaje, que se despliega en palabras y acciones verosímiles. No del actor, de otro… Un viejo, un asesino, un rey, un criado…

Algunos alumnos que he tenido, manifiestan su incomodidad al ponerse la máscara. Y es que, como objeto teatral, es incómodo. Se pierde parte de la visión periférica, el sudor dificulta la concentración, hay que respirar de una manera distinta ya que la nariz está a veces tapada por la máscara, te impide tocarte la cara… Casi todos coinciden en la pérdida del sentido del espacio, de la expresión como reflejo del sentimiento de frustración propio de los primeros pasos con la máscara. Usando una metáfora un poco burda, me suena al segundo día de gimnasio. El de las agujetas y la ineptitud para entender los aparatos.

Creo que esa manifestación es natural y nace de un estado intermedio de aprendizaje. Los alumnos que están empezando a trabajar con máscaras, como es natural, se ven sólo desde dentro. Pero como decía un maestro japonés: el más alto nivel de interpretación lo logra el actor que es capaz de verse a sí mismo a través de los ojos del público. Es decir: saber qué está viendo el espectador y no quedarme en lo que estoy viendo yo.

Si hay algún barceloní barcelonina en la sala, no sólo impartiré un curso. El sábado me han invitado a improvisar The Modestos en su espectáculo Eau D’Impró. Nos vemos allí.

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