Un curriculum puede ser despiadado y al mismo tiempo un ejercicio de memoria. Cercenas, añades, adaptas, subrayas, corriges, lo que has hecho durante unos cuantos años para que represente la parte de ti mismo que se requiere en cada ocasión, sin que eso quiera decir que no hayas puesto el corazón en el resto de tus vivencias profesionales.

Por otra parte, es una especie de magdalena proustiana en cada línea, que te acerca de nuevo al aroma de esos detalles que no le interesan al que lo lee, pero que fueron la razón de lo que hiciste.

El año 2012 sabía a memoria. Y aunque hacía 6 años que había abandonado mi carrera científica, tenía un sutil aroma a redes neuronales.

Había una neuropsicóloga en mi vida. No estaba allí por ser neuropsicóloga, sino por muchas otras cosas que compartí con ella y que siempre guardaré en alguna parte de mi lóbulo temporal. Pero también compartí su amor por los procesos cerebrales, en concreto los de la memoria: nuestra capacidad para almacenar recuerdos, para evocarlos y para que disparen nuestro deseo de llevar a cabo una serie de acciones en el presente. Naturalmente, contaminé su visión científica del asunto con mi visión poético-filosófica. ¿Qué somos, sino nuestra memoria? ¿Qué perdemos con la memoria sino a nosotros mismos?

En el cerebro pasan muchas cosas al mismo tiempo, y en la vida también. Mientras me enamoraba hablando de evolución y cerebros, trabajaba en The Hole, un espectáculo que aún hoy cosecha éxitos en el mundo del teatro comercial (hay que hacer de todo en la vida), y allí, en el Teatro Calderón de Madrid, conocí a tres grandes actrices que (hay que hacer de todo en la vida) estaban contratadas como camareras durante el espectáculo: Alexandra Calvo, Macarena de Rueda y Silvia Rey.

Añado que por cariño, admiración y azares del destino creativo, con Alexandra he terminado hablando cuatro años más tarde del corazón en los escenarios, ya os lo contaré en otra entrada, pero en 2012, hablábamos del cerebro.

Mi amiga Bea, por añadir más especias a este guiso, elogió un día mi vocación de recoger los guantes que me lanzan nuevos proyectos formados por equipos artísticos que quieren empezar a trabajar juntos. Esta fue la primera ocasión. Ellas se habían conocido en esas circunstancias poco artísticas, pero les nació el comenzar un proyecto teatral para hablar sobre el paso del tiempo. Cómo nos vemos cuando nos encontramos con nuestro pasado. Cómo nos ven… 

Sumemos tener un elenco dispuesto de magníficas actrices y creadoras a tener una neuropsicóloga friki cerca. Inevitablemente, el tema me llevó a escribir sobre la memoria humana y salió No me acuerdo, una historia sobre un hombre normal, casi mediocre, de nombre Ramón, con una madre ultraprotectora, una vecina de la que está enamorado pero nunca se lo ha dicho y otra vecina que le acosa por las noches. Todas ellas, personajes que crearon las actrices a base de improvisaciones a partir de objetos significativos para ellas.

De no haber sido por Laura, la neuropsicóloga, y su insistencia en que leyera el tratado de Psicología de la Memoria del Profesor José María Vargas de la Universidad Autónoma de Madrid, la obra podía haberse quedado en una comedia romántica por la sencillez de su argumento: Chico está enamorado de chica, chica no lo sabe, chico se cuestiona su vida, chico se lo dice a chica y… y ahí se quedaba (seguro que no, pensando en el maravilloso elenco). Pero me impresionó el primer capítulo del libro del Profesor Vargas, que venía a decir que todo es memoria.

Desde que nos levantamos por la mañana y recordamos dónde estamos, y abrimos los ojos y reconocemos el espacio como nuestro cuarto, y nos levantamos y nuestro cuerpo recuerda cómo se hace, y utilizamos el mapa mental de nuestra casa para llegar a la cocina y nuestra memoria operativa para hacer un café sin tener que mirar las instrucciones cada día… una joya.

Así que la primera escena de  No me acuerdo era precisamente así: los tres personajes, dentro de las estructuras cerebrales de Ramón, eran su memoria episódica (lo que nos ha pasado en la vida), su memoria operativa (lo que recordamos inconscientemente y nos lleva a la acción) y su memoria semántica (la de los datos que confirman lo que sabemos del mundo). Ramón se despertaba un domingo por la mañana y se levantaba para hacerse un café mientras escuchaba en la radio un viejo éxito de Torrebruno. Había después una escena que evocaba teatralmente cada uno de los procesos subsuguientes propios de esa maquinaria magníficamente engrasada que es la memoria humana: cómo recordamos y deformamos nuestras vivencias, cómo recuperamos un recuerdo, cómo nuestra memoria deja impresas las huellas en nuestro cerebro para encontrar los eventos significativos más adelante….

La crítica del Profesor Vargas, que nos invitó a hacer la función en la Universidad Autónoma de Madrid fue “con lo que me cuesta a mí que los alumnos entiendan cómo funciona la memoria y aquí se entiende tan bien”. Qué puedo decir… es una de las mejores que he recibido por un trabajo. Y quizás es la clave de mi vocación: llevar al lenguaje teatral cosas que me interesan, como la ciencia del cerebro.

Cuatro años más tarde, los gigantes de Pixar estrenaban Inside Out y yo envidié el éxito de su historia. Aunque nunca olvidaré todo lo que me hicieron vivir una neuropsicóloga y tres actrices en mi primer trabajo profesional de dirección escénica. Gracias a todas.

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