Voy a empezar esta entrada disculpándome ante mis escasos lectores de mi ausencia virtual de la última semana. A veces, como en este caso, uno no está o no tiene el ambiente ni el tiempo precisos para dejar algo escrito, y otras veces (quizás también es el caso) uno no tiene nada interesante que compartir.

Este semana he estado en Valencia, en el encuentro otoñal de la organización europea IETM, una especie de “congreso”, vaya. Si queréis saber más de IETM y qué es, aquí tenéis un enlace a su web. Resumiendo, es un foro de debate internacional sobre artes escénicas que pone en contacto artistas de diferentes países para que compartan sus experiencias, hagan relaciones, piensen en proyectos conjuntos y reflexionen sobre el papel y el futuro de las artes escénicas y la cultura en la sociedad. Así lo veo yo.

Ésta ha sido mi primera vez en este foro y me llevo distintas impresiones que excuso calificar como positivas o negativas. Son impresiones que me han hecho reflexionar.

La primera es que no todo es competición feroz en esto del teatro. A menudo uno tiene la impresión de que está luchando contra sus propios compañeros de profesión para conseguir los espectadores suficientes en un mercado sobresaturado de propuestas teatrales. Es agradable encontrar un foro en el que las personas se interesen realmente por tu situación concreta, tu trabajo, tus dificultades y donde se busque la cooperación dejando al lado (sólo al lado) la cuestión del capital.

La segunda impresión es que cuando dos teatreros se encuentran, no sólo pueden hablar de lo mal que está todo. He asistido y participado en debates sobre muchas cosas alrededor de la cultura y lo que significa, no como un concepto filosófico, sino pegado al terreno:

Se habla de “gentrificación”. De cómo cambian los ecosistemas urbanos en su población, en su economía, en el consumo de la cultura, en identificar para quién estamos haciendo teatro y si es justo o no que tengamos parcelada de este modo a la audiencia.

Se habla de género y de discapacidad. No sólo se habla. Se traducen al lenguaje de signos las ponencias y debates. El cambio hacia una mayor igualdad está presente en las artes escénicas y tomamos conciencia de ello.

Se habla de valorizar el proceso creativo y no solamente el producto final que exponemos ante el público. Se habla entre compañías, programadores, gestores culturales, dinamizadores de espacios. El espectáculo final es sólo la punta del iceberg de un trabajo de muchos meses que no es visible ni valorable.

Se habla de mediación cultural y qué significa. Qué papel juegan todas esas pequeñas salas que nos resultan habituales, bien como espacios de investigación, bien como meros agentes de distribución de entretenimiento para un gran público sobre el que no estamos impactando.

Y se habla del público. Sorprendentemente poco de la creación de audiencias y de llenar butacas, números, euros… Se habla de trabajar para la comunidad, de escucharla, de dialogar con ella, de implicarla en la creación.

He tenido además la oportunidad de ver espectáculos inspiradores de artistas que no conocía y reorganizar el mapa mental de lo que se está haciendo ahora en una parte de las artes escénicas. De romper mis propios esquemas y pensar en otros caminos que puedo tomar la próxima vez que encare un proyecto teatral.

Creo que todo eso es bueno. Y esto es una opinión, no una impresión.

Sin embargo, no dejo de sentirme como cantaba Sting en Message in a Bottle, un naufrago en una isla solitaria que intenta enviar un mensaje en una botella a un océano lleno de botellas de miles de otros naúfragos.

Somos mediadores culturales que lanzan su mensaje a un mar enorme que casi nunca lee el mensaje. Queremos implicar a un público que muchas veces no tiene el más mínimo interés en implicarse en nada. Seguimos escatimando los recursos en el proceso de creación porque son cada vez más limitados, recortando nuestros propios derechos, ensayando gratis y sin contrato. La arquitectura de las ciudades cambia imparablemente dentro de un sistema basado únicamente en la economía, como una apisonadora que nos obliga a comulgar en esa misa macabra del capitalismo para sobrevivir, o mejor dicho, “subvivir”. La misma maquinaria que provoca la desigualdad, de clase, de género, de valía…

No hubo políticos en el encuentro, salvo en la sesión de inauguración, los 5 minutos de rigor para dar la bienvenida a los participantes.

Cada día lanzo botellas al océano con mi mensaje, y leo los mensajes de otros que llegan a mi orilla. Es una lástima que el mar no sepa leer. Como siempre, esa es la clave: la educación.