Inauguro aquí una nueva sección de pequeños relatos sin filtro que he bautizado como Incisiones.

 

PRIMERA. Reglas del universo.

Estoy en una librería. Una de esas que tienen varias plantas y clasifican los libros por materias y tienen de todo. Voy mucho porque no siempre busco algo concreto, sino algo alrededor de un tema. He venido porque quiero saber qué han escrito otros sobre el universo y sus reglas. Me gustaría saber si alguien se ha parado a demostrar  o, al  menos, a deducir si es cierto que todo es un eterno retorno al mismo punto. Que no sólo los planetas, los cometas y todos esos cuerpos celestes, aunque tarden cientos de años, describen una órbita que les lleva a pasar por el mismo puntito del universo una y otra vez ocurra lo que ocurra durante su periplo alrededor de otra bola de masa.

Ojeo un librito frente a la estantería que tengo delante. A mi lado hay una chica haciendo lo mismo. La miro de reojo porque en este punto de mi órbita no tengo novia, y me gustan las chicas que frecuentan las librerías y llevan gafas y tienen un buen culo. Me giro un poco hacia ella, no para verla, sino para que me vea. Para imaginar que tampoco tiene novio y le gustan los chicos que frecuentan las librerías y llevan gafas y leen ensayos sobre el universo.

Al fondo, enfrente de una estantería que nada tiene que ver con el universo, hay otro chico sin gafas. Lleva un par de libros en la mano y ojea el de encima. Levanta la vista nervioso y pienso que es de los que quieren resultar interesantes a las chicas que frecuentan librerías y llevan gafas y tienen un buen culo. Pero él no. No es así. Mientras vuelve a colocar el primer libro en la estantería con una mano, disimuladamente mete el otro libro en la mochila que lleva medio abierta con la otra mano. Mientras camina distraído mirando otras estanterías, a mí se me acelera el pulso como si fuera él. Mientras se dirige como si nada hacia la escalera, se me olvida el culo de la chica de gafas. Mientras le sigo escaleras abajo discretamente, me importa una mierda el universo y sus reglas y las órbitas de todos los putos planetas del sistema solar.

Y entonces todo pasa muy rápido. Como si las leyes del universo se hubieran vuelto locas de repente. El chico sin gafas sale de la tienda con paso firme por la puerta de la tienda. Empieza a sonar la alarma. El vigilante, acostumbrado a las alarmas que no se desbloquean, estira la cara con un gesto cotidiano, pero hoy, ahora, ese chico, es otra cosa. Algo más que una alarma mal desbloqueada. La razón, esa imposible razón, por la que le han contratado y que nunca ha tenido sentido hasta hoy, ahora.

El chico con gafas echa a correr en cuanto escucha la alarma. Y yo veo a través de la puerta acristalada cómo se lo lleva un coche por delante cuando cruza la calle sin mirar.

Para cuando el vigilante reacciona, sólo puede llamar a una ambulancia. La mitad de la tienda ni siquiera se ha dado cuenta de lo que estaba ocurriendo. Tal vez cuando salgan con su bolsa de plástico llena de libros pagados en la mano, echarán una ojeada al cuerpo tirado en la calle del chico sin gafas y luego seguirán dando vueltas en su órbita como si su vida nunca se hubiera cruzado con la suya.

Preguntarse por las reglas del universo. Encontrar sentido al trabajo por el que te pagar. Morir por robar un libro. Ser espectador de un delito. Buscar novia en una librería. No sé a qué coño está jugando el universo, pero nadie ha escrito sobre eso. Nadie en su sano juicio sigue pasando como si nada por el mismo punto del universo, en una trayectoria y momento calculado cuando todo es tan elípticamente imprevisible.