SEGUNDA. El gordo.

No tengo prisa. Es importante decirlo. No tengo prisa. Simplemente voy caminando, con la vista puesta en cada paso porque mirar alrededor en la ciudad no me apetece. Tirando del hilo, no me apetece nada. Ni mirar, ni nada. Hoy me habría quedado en casa, en el sofá, o en la cama. Pero me he obligado a ir a hacer deporte en un sitio porque sé que después me sentiré mejor. Como si no fumara. Como si no viviera en la ciudad, sino en el bosque. Como si me hubiera regalado algo a mí mismo.

Si no supiera nada de nada del cerebro, sería más feliz. Porque cualquier mierda de esas que se hacen virales en las redes sociales sería una explicación perfecta de la felicidad, del dejar de fumar, del bosque y de su puta madre. Pero soy muy listo, o muy curioso, o he leído. Y leer, leer de verdad, causa infelicidad, digan lo que digan. Porque comprendes cómo funciona el mundo, o el cerebro. Y el slogan motivacional de los cojones, se dibuja como una cascada de neurotransmisores. Y un psicoterapeuta tiene que ser muy bueno y muy caro para que no le pilles en una mera aplicación del método.

¿Cuánto mide de ancho una acera? ¿Un metro cincuenta, más o menos? ¿Suficiente para que vayan y vengan los peatones sin molestarse?

Delante de mí, como a un metro, camina un gordo. Es un gordo normal. Ni muy gordo ni un gordito. Un gordo. Tiene un caminar distinto a mí porque yo no estoy tan gordo como él y los años de teatro me han hecho que mire a la gente con esos ojos. Los ojos que ven el cuerpo, la respiración, el ritmo, el peso de las personas. Ni camina despacio, ni deprisa. Camina. Como yo, hacia algún sitio. Va hablando por teléfono con los auriculares, con esa estúpida actitud que forma parte de la vida moderna de hablar en voz alta como un loco con alguien que tecnológicamente está en ese momento contigo. No dice nada que me moleste en su conversación. No está hablando de política, ni vomitando ninguna expresión que me haga juzgarlo negativa ni positivamente frente a algún tema de actualidad. No habla de nada que le conecte conmigo. Ni siquiera parece que su conversación sea interesante para mí. Habla de un contrato, de su disponibilidad para encontrarse con alguien.

Y sin embargo, como me jode el gordo. Porque no voy más deprisa ni más despacio que él. Voy al mismo ritmo pero con un gordo delante. En una acera en la que, de no ser gordo, tendría una posibilidad de adelantarlo sin problemas y olvidarme a los tres pasos de que es una persona con sus problemas de gordo, sus vivencias de gordo y sus sentimientos de gordo.

Pero no puedo adelantarlo. No sin acelerar y salir de mi ritmo vital. No sin tener que esforzarme en buscar el momento propicio en el que nadie se cruce con el gordo y pueda ponerme delante suyo. Y continuar fuera de mi ritmo vital durante un tiempo pensando en el gordo que acabo de adelantar, porque está detrás, caminando a mi mismo ritmo y probablemente o no yo también le moleste.

Igual he tenido una mala noche o estoy teniendo un mal día para que me molesten cosas como un señor gordo que no es ni muy gordo ni un gordito. Pero es por la mañana y yo no tenía prisa y la acera es suficientemente ancha.