Te dibujo
con la desesperanza de un bisturí.
Te atrapo en una línea.
Devuelvo a este instante tu luz y tu sombra con los dedos
hambrientos.
Mientras mi estómago se pinta de rojo vino,
emerges en un claro de luna
Imposible.
¿Cuántas veces me ha explotado el corazón
de puntillas?
Tu nombre murmurado
me brota en una esquina afilada que me corta en dos pedazos.

Te prefiero en mis huellas dactilares
antes que en el blanco helado del pasado perdido.
Te prefiero flotando encima del piano
como si conversáramos de nuevo desconocidos y enlazados.
Te prefiero dibujada en el hueco fantasma de mi cama,
en la ternura inabarcable y silenciosa de después
antes que en la absurda palabrería de Babel.
Te dibujo una y otra vez como la araña.
Mis papeles infantiles te conjuran.

Siempre eres tú,
la primera mancha,
la primera caricia derramada en el lienzo.
Mis dedos tienen memoria de tu espalda, de tu voz,
De cada hendidura de tu labio
de tus labios.
Nada se me borra y te dibujo.

Mi invierno es más largo que el tuyo.
Un invierno luz más largo en el espacio.