CUARTA. Limpieza

Un chico se levanta una mañana después de haberse acostado la noche anterior a las 4 de la mañana, puesto de coca, tabaco y whisky. Podría haber sido una buena noche, pero el chico la ha pasado en el salón de su casa, haciendo todas las mierdas que se le han ocurrido para alimentar un oscuro sentimiento de autodestrucción que no sabe de dónde le viene.

El chico, que se ha acostado dando trompicones, encuentra el salón de su casa patas arriba, con los restos esparcidos de la batalla que ha librado consigo mismo, y decide hacer una limpieza general de la casa. No es la primera vez que se levanta y, en lugar de recoger simplemente el destrozo, necesita hacer una limpieza general, como si con esa acción cotidiana que sólo le sirve a él mismo, ya que vive solo, consiguiera limpiar de algún modo lo que la gente que cree en el alma llama alma.

El chico, que cree en la ciencia por encima de todas las cosas, sabe que no está limpiando su alma, ya que, para él, el alma no existe, de momento. O al menos, ninguna cosa que haya leído en ningún libro medianamente divulgativo le hace pensar que él pueda tener un alma que limpiar. Sólo limpia su casa. Pero mientras limpia cada recoveco, cada habitación, siente como si estuviera echando de su vida un montón de fantasmas, o lo que la gente que cree en los fantasmas llama fantasmas.

Limpia el cuarto de baño y es como si limpiara su organismo. Como si todas las mierdas que se ha metido el día anterior y el anterior y el anterior, se fueran por el desagüe hasta la próxima limpieza general.

Limpia el dormitorio y es como si limpiara el recuerdo de todas esas relaciones fallidas que apunta en una lista secreta. Como si encaminara todos esos momentos de conexión hacia la puerta del olvido de una vez por todas, dejando la cama inmaculada, como un lecho matrimonial al principio de una noche de bodas.

Limpia su estudio y piensa que no va a volver a escribir nada que se parezca remotamente al fracaso, ni a pintar mujeres que no existen, ni a imaginar nada triste nunca más.

Limpia el salón con  la esperanza de que sea habitable y habitado de nuevo, por otro yo y por otros tú. Y se limpia los hábitos que sabe le están conduciendo siempre a un callejón sin salida.

Limpia la cocina y no siente nada, como si esa habitación no le perteneciera, como si no hubiera nada en el mundo que pudiera alimentarlo por mucho que limpie y limpie cada plato y cada vaso y cada cuchara.

Y por más que ha limpiado todo, ha cagado en su wáter impoluto, se ha duchado y se ha afeitado, se ha echado desodorante y colonia, se ha limpiado los dientes empleando el doble de tiempo que normalmente emplea, se ha puesto ropa limpia y no queda rastro alguno del chico autodestructivo que la noche anterior sólo quería fumar, beber y meterse rayas solo en su salón. Por más que ha limpiado todo, tirando los trapos que ha utilizado después de terminar la faena, no puede eliminar un absurdo sentimiento de culpa que piensa que es la razón de sus ansias de autodestrucción.

El chico, que cree en la ciencia por encima de todas las cosas, busca en su cerebro alguna explicación psicológica, algún evento del pasado, que pueda haber quedado codificado como la puerta del infierno de su cerebro, y encuentra que, cuando tenía 9 años, encontró un gatito abandonado en una caja.

Recuerda que con todo su amor infantil, lo adoptaron él y su familia el día que se iban de vacaciones y que lo subieron en su caja al coche en lugar de hacer como si no lo hubieran encontrado nunca.

Recuerda tener la caja y el gatito a los pies del asiento trasero del coche familiar y recuerda que iba sentado en el borde del asiento, hablando con sus padres. Recuerda un frenazo brusco, que no fue culpa de nadie, ni de su padre, ni de nadie. Y recuerda su culo caer del asiento trasero sobre la cabeza del gatito recién adoptado.

Recuerda un crujido y recuerda a su padre, parando el coche y llevándose el gatito, que apenas se movía, a unos 50 metros de donde estaban.

Recuerda haber llorado el resto de los 700 kilómetros de viaje, echándose la culpa de la muerte de aquel gatito que había sido recién adoptado por su familia.

Y como es capaz de recordar todo eso como un trauma, el chico, que es incapaz de quitarse de encima el sentimiento de culpa que cree que le invade cada vez que tiene una relación fallida y se castiga a sí mismo con veladas autodestructivas, se inventa que esa es la razón de todos sus problemas. Que está jodido por un gatito que murió por su culpa hace 30 años. Un gatito que, en realidad, de no ser por él y por su familia, hubiera muerto de todas formas abandonado, pero que por su culpa, por no estar bien sentado en el asiento de atrás del coche, murió rápidamente, casi sin darse cuenta, en lugar de en una lenta agonía de desnutrición y sed en una caja.

Y después de inventarse todo eso, el chico se siente un poco mejor, porque comprende que es difícil que alguien pueda limpiar, realmente limpiar, toda esa mierda en un solo día, aunque sabe que es una mierda inventada por su cerebro. Y, además, la casa está limpia y se está mucho mejor que la noche anterior.

boli