QUINTA. El amor de su vida.

No es el amor de su vida. Y lo sabe. Está con ella, en una terraza de algún bar del barrio, haciendo planes para una escapadita a algún pueblo medieval, de esas que a ambos les gustan tanto y que incluyen una noche en un hotelito rural, el olor de la leña, los abrazos armónicos, los orgasmos perdurables en el tiempo debajo de un edredón en una habitación de piedra antigua. Se ha entregado en cuerpo y alma a esta relación que ya dura años aunque sabe que no es el amor de su vida. Sabe que está construyendo un palacio de recuerdos sobre una fina capa de hielo.

No es el amor de su vida. La anterior tampoco lo era. Lo sabe. Sabe que a la anterior también le gustaban los pueblos medievales, las escapaditas y las ñoñerías propias del amor romántico. Existen, objetivamente, pequeñas y grandes diferencias entre ambas. A la hora de afrontar las discusiones, a la hora de elegir cómo ganarse la vida, a la hora de follar. Y sin embargo, delante de una cerveza, haciendo planes con el nuevo no amor de su vida, se da cuenta de que ha ido con ella a los mismos restaurantes que fue con la anterior no amor de su vida. A las mismas terrazas. A los mismos lugares especiales a los que fue con la anterior no amor de su vida. Y, aún más inquietante, se da cuenta de que probablemente ella, el nuevo no amor de su vida, ha hecho lo mismo con él. Le ha descubierto los mismos lugares especiales que descubrió anteriormente con otros hombres que no eran tampoco el amor de su vida. Como si existiera una conspiración silenciosa de todos los amantes del mundo para perpetuar y transmitir una serie de experiencias y lugares mágicos donde se construyen los recuerdos bonitos.

Echa una ojeada rápida al resto de las mesas que hay en esa terracita de barrio, porque es posible que descubra, de repente, que todas las relaciones de su vida y de la chica que es el nuevo no amor de su vida hayan coincidido involuntariamente en esa terraza mágica en esa noche. O, dado que no es así, que el resto de parejas que toma cerveza en las otras mesas, estén jugando el mismo silencioso juego que él está jugando hoy. Un juego que ha empezado por una frase como “conozco una terracita que está muy bien”. ¿De qué la conoces? ¿Quién te la enseñó? ¿Con quién has estado antes aquí?

No encuentra la mirada empática de ningún otro chico ni de ninguna otra chica. Y aún así, la palabra celos empieza a adueñarse de su mente. Y, allí, delante de una cerveza, en una terracita de barrio, planeando una escapadita con el nuevo no amor de su vida, analiza en secreto su relación con la palabra celos. Y se da cuenta de que casi todo el mundo vive y piensa en los celos en primera persona. Seguramente, todos los ocupantes del resto de las mesas han sentido celos de otra persona que está o no está ya en la vida de sus parejas. O, en el mejor de los casos, algunos o algunas han sufrido los celos que su pareja tenía de algún tercero o tercera que tiene o tenía una relación conflictivamente íntima con ellos ellas mismas.

Él no. Y no es porque sea ningún superhéroe con inmunidad a ese sentimiento, sino porque casi siempre ha sido ese tercero en discordia. A veces sin justificación y a veces con ella.

Está mirando en el buscador de internet del móvil del nuevo no amor de su vida fotografías de un pueblo medieval de la provincia de Burgos y está recordando un baile con (nombre), la que era novia del que era su mejor amigo hace diez años. Una fiesta y un baile bañados en MDMA y su efecto empatogénico. Un momento no compartido con sus posteriores parejas en el que hubiera deseado ser él, el que era su mejor amigo hace diez años, para poder haber dicho aquella noche, durante aquel baile, cosas que no dijo*.

Las fotos que mira en el buscador del móvil de su nuevo no amor de su vida son ahora de la provincia de Teruel, y él recuerda amargamente (y lo recuerda en el lugar y en el tiempo preciso en que ocurrió), cómo el que era su mejor amigo hace diez años le preguntó a él, sin ambages, ¿qué pasaba con (nombre)?. Y cómo, desde aquella conversación en la que la palabra nada fue la protagonista, provocó que todo cambiara de repente. No hacia afuera, eso vino después y él no tuvo nada que ver, sino hacia adentro, como una falla, un terremoto que no se ve. Algo que inexplicablemente separa.

Y lo más gracioso, es que, después de todos estos pensamientos y recuerdos que duran lo que dura una búsqueda en internet y una cerveza, él sabe quién es el amor de su vida. Y sabe que está casada y tiene un hijo porque es amigo suyo en facebook**. Y los recuerdos que tiene con ella, con el verdadero amor de su vida, no los ha compartido con nadie, ni pertenecen a nadie más que a ellos dos, ni jamás ha llevado a ningún no amor de su vida a ninguno de los sitios en los que guarda algún recuerdo especial que tiene del verdadero amor de su vida.

Y recuerda que todo empezó cuando el que era novio del verdadero amor de su vida y ahora no lo es, quiso quedar con él para preguntarle ¿qué pasa con (nombre)***? Y la palabra nada se hizo protagonista. Y, tal vez, sólo tal vez, esa palabra nunca tendría que haberse hecho protagonista. Al menos en aquella ocasión.

Y después de pensar un rato, el rato que dura el escribir todo esto, se acuerda de que el nombre del que era novio de la que es, probablemente, el amor de su vida, el que quedó una vez con él para preguntarle ¿qué pasa con (nombre)****?, era Juanma.

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*En su recuerdo, sólo es capaz de reconstruir el baile y el paisaje: un local underground frecuentado sólo por una cohorte de allegados y una fiesta en la que se sintió en comunión con todos y todas los que estaban allí en aquel momento. No obstante, el efecto empatogénico del MDMA (3,4-metilendioximetanfetamina) asociado al consumo de alcohol de aquella noche, no excluyen la posibilidad de que todas esas cosas que él piensa que no dijo, así como otros signos de su lenguaje corporal, no estuvieran presentes en ese baile y fueran reales aunque no recordados por él. Del mismo modo, ya que (nombre), la que era novia del que fue su mejor amigo hace diez años, también había consumido MDMA (3,4-metilendioximetanfetamina) y alcohol, en cantidades similares o mayores que él, el impacto, la percepción, distorsión o invención de lo dicho o no dicho durante ese baile desde el punto de vista de (nombre), la que era novia del que fue su mejor amigo hace diez años, puede considerarse cargada de una posible subjetividad.

**El autor ha tenido dudas a la hora de mencionar tan explícitamente el nombre de una marca en este escrito. No obstante, ha decidido expresarlo dado el impacto antropológico, filosófico y psicológico que esta marca, independientemente de la opinión del autor acerca de su bondad o maldad, está dejando en la sociedad del siglo XXI. No obstante, el autor espera que la lectura de esta nota a pie de página haga reflexionar a los lectores sobre esta problemática.

***El nombre del amor de su vida es un nombre distinto al nombre de la que era la novia del que fue su mejor amigo hace diez años.

****Ver nota anterior.