OCTAVA. Enlace

El chico protagonista de esta historia recibe una llamada de teléfono una noche estúpida en la que, como casi todas las noches de los últimos meses, no pasa nada especial en su vida y le gustaría desengancharse definitivamente del género humano.

Llama un colega, un colega a secas, de esos que hace años que no ves y no sabes nada en absoluto y que no comparten contigo nada más que aquello que publicas en las redes sociales, que es, precisamente, lo contrario de lo que realmente sientes en los momentos en los que estás tan solo que recurres a las redes sociales para saciar tu necesidad de comunicación con los amigos/seguidores.

Se casa. El colega, no el chico protagonista de esta historia. Y, para él, resulta imprescindible que el chico protagonista de esta historia sea partícipe de su enlace matrimonial con su novia, con la que lleva un par de años de relación. E insiste. Y verbaliza la importancia que el chico ha tenido en los escasos años en los que ambos compartieron unas clases de teatro, unas cañas, unas opiniones…

Felicitaciones. Mensajes. Pasan unos días.

Alguien agrega, una noche igual de estúpida que la noche de la llamada, al chico protagonista de esta historia a un grupo de mensajes denominado “Despedida de soltero”, del cual no conoce a ningún integrante, sin haber confirmado siquiera su asistencia al enlace matrimonial. En dicho grupo, los primeros mensajes cargados de testosterona empiezan a generar en el chico protagonista de esta historia un conflicto difícil de digerir entre lo que podría haber sido una simple llamada de cortesía y lo que empieza a ser una invitación formal a un rito de paso completamente opuesto a su manera de pensar.

El chico protagonista de esta historia redescubre su desprecio hacia todos los detalles tradicionales de las bodas, no a los enlaces en sí mismos, sino a conceptos tales como: despedida de soltero, centro de mesa, espada para la tarta, vals nupcial, votos nupciales, himnos al amor, vídeo de boda.

Excusas diversas. Compromisos laborales. Pasan los meses.

El colega ha comprado un billete de avión que envía por correo electrónico al chico protagonista de esta historia para soslayar todos los inconvenientes que sagazmente éste ha urdido para intentar evitar su asistencia al enlace. Había conseguido escaquearse de la famosa despedida de soltero, a pesar de haber recibido 44 fotografías en el grupo de mensajería con los momentos estelares de la susodicha velada, pero ante este nuevo desafío, no tiene más remedio que aceptar la invitación y prepararse para asistir al enlace de su colega con la otra chica.

Día del enlace. Chico presente. 500 kilómetros más allá.

La chica, que es simpática pero rara, tiene una hermana que no está ni buena ni mala, pero que en el contexto de una boda tradicional, es decir, vestido, peinado, y alcohol incluido, tiene un aire hollywoodiense de lo más sensual. Además, tampoco le gustan las bodas tradicionales y es un poco la ovejita negra de la familia de la chica, y ha ido a la boda, básicamente, porque es la hermana. La hermana de la chica que se casa con el colega del chico protagonista de esta historia tiene 24 años, unos veinte años menos que el chico protagonista de esta historia.

Una cena nupcial. Tarta cortada con espada. Temática teatral. La canción de los novios. Chupitos. Barra libre. Disk Jockey.

La boda se celebra en un caserón. Un caserón privado que se ha alquilado especialmente para la ocasión junto a un servicio de catering, un servicio de bar, algunas de las habitaciones para los invitados que no han conseguido otro lugar donde pasar la noche en la ciudad, el consabido músico electrónico y sus listas de música pachanguera, y un montón de profesionales más que el chico protagonista de esta historia intuye que han sido necesarios para esta celebración, pero que son imperceptibles para el común de los invitados que sólo viene a pasárselo bien con sus amigos y familiares.

El chico protagonista de esta historia, lleva encima unos cuantos combinados y está tan harto de no saber con quién coño está haciendo el esfuerzo de hablar, que sale a tomar un poco el aire y a fumarse un cigarro al jardín que hay justo detrás de la cristalera que preside el salón donde se está celebrando la fiesta después de la cena. La hermana de la novia, que no está ni buena ni mala, con el vestido especialmente encargado para la ocasión arremangado dejando al descubierto unas magníficas piernas de 24 años, esnifa en ese momento una ralla sobre la parte trasera de su móvil. Este acto, compartido por ambos seres humanos, la hermana y el chico, se convierte en el subconsciente de ambos en el primer acto desprovisto de hipocresía de la velada. Comparten otra ralla e inician una conversación que culmina subiendo unas escaleras.

Un piso más arriba. Una puerta sin pestillo. Una cama con abrigos. Una mesa. Una silla. Música de fondo y ruido de fiesta muy de lejos.

Se la está chupando. La polla. La hermana de la novia le está chupando la polla al chico protagonista de esta historia en una habitación del caserón privado que los contrayentes han alquilado para la boda. Y él, después, sin desvestirla y sin desvestirse, simplemente le ha quitado las braguitas de fiesta, especialmente elegidas a juego con el vestido y se la está follando encima de una mesa mientras los dos se sacuden toda la hipocresía y el malestar que les ha llevado a estar en esa boda. Y saben que aquello no va a ir más lejos, principalmente porque ninguno de los dos quiere cargar en una hipotética relación, que a ambos se les pasa por la cabeza cada vez que les tiembla el cuerpo con las embestidas que se están dando mutuamente sobre cada uno de los muebles de la habitación, con el resto de los familiares y amigos que están también presentes en la boda, aunque sienten una conexión especial entre ambos y seguirían follando el resto de la velada y pasarían de todo lo que está sucediendo en el salón comedor lleno de gente y adornos de boda especialmente elegidos por los novios para la ocasión.

Así que cuando los novios y los padres de los novios y algunos amigos de ella, que es la única que tiene alguna amiga en la reunión, les pillan in fraganti follando en el momento álgido de la boda de su hermana, les entran ganas de provocar un escándalo con posturas sexuales más extrañas y gritos más explícitos de placer, pero se cortan, aunque saben que ese estúpido momento, esa estúpida decisión de cortarse y no simbolizar con su descaro todo el desapego que sienten hacia esa pantomima tradicional, les va a costar unos cuantos meses más de hipocresía y buenas formas impostadas en las que todo se quede en una pequeña gamberrada, una anécdota jocosa para navidades, una capa de barniz contemporáneo.

Tardes estúpidas. Soledad. Necesidad de sexo.

El chico protagonista de esta historia y la hermana de la novia, ya esposa, de su colega, se mandarán un solo mensaje telefónico cada uno, aunque han tenido la intención de llamarse y escribirse en innumerables ocasiones durante los meses subsiguientes a la boda, pero no lo han hecho, porque les separan 500 kilómetros y unos 20 años de edad, y les hastía a partes iguales que les divierte el tener que luchar por algo que ni siquiera saben lo que es y que se puede acabar en cualquier momento contra el monstruo de la edificación familiar y la gente que probablemente no van a volver a ver en su vida más que en contadas ocasiones.

En cuanto a los mensajes, en uno pone me encantaría volver a follarte y en el otro una carita que guiña un ojo con la lengua fuera.