Subo al metro con cara de edificio.
Ya no tiene gracia
el juego con los pasajeros desconocidos de mi vagón.
Ya no tiene gracia
imaginar sus vidas.
Ya no tiene gracia
imaginar sus sexos.
Ya no tiene gracia.

Soy un punto al que apuntan todos los índices.
Soy un ser vuelto del revés,
una esponja con carcoma.
Me avergüenzo.
Me salen llagas de vergüenza en la piel.
Me da ganas de suicidarme, la vergüenza.
Me clava los espejos en la cara rotos en mil pedazos.
Hay un abismo de meses luz entre mi planeta
y la luz de vuestra carne
lleno de monstruos y nostalgias.
Soy un leproso de tiempo.

Hay algo físico en este sentimiento,
un pasado que rezuma lodo,
un presente inexistente y torturado,
un futuro podrido de moho.
Se han muerto desde siempre las caricias.
Los abrazos son un ritual perdido.
La vergüenza, sobre todo la vergüenza….

¿Cómo no te has muerto?, me preguntan.
¿Cómo?, respondo sorprendido.
¿Estaré muerto?
Tal vez he muerto y no me acuerdo.
Tal vez soy una efigie de lo que debiera ser.
Un mausoleo.
Un cenotafio inerte
visitado de lejos.