Esta es la última entrada (de momento) que cuelgo de Los pasos perdidos. Habrá más. La historia no se ha acabado, más bien acaba de empezar. Pero descanso un rato de compartir esta historia para contar otras cosas en los días venideros. Dejo, de nuevo, como sugerencia, que leáis todas en su orden para entender como una noche, un paseo, puede llevar a un momento especial.

 

LOS PASOS PERDIDOS

VIII

Me enfrento
a la más ardua tarea de los siglos:
decir algo de ti
que quede escrito.
Un verso fósil
para una posteridad sin rostro.

Dejo un hueco vacío
como una ostra abortada de perla
para escucharte
cada sonido de ti
cada gota de oxígeno
que entra y sale de tu cuerpo.

Me dices

y nace un instrumento

que has entrado en este limbo
buscando tus pasos.
Les quitaste el collar
y corrieron por su antigua madriguera
a olisquear su rastro abandonado
por los árboles del cielo.

Tus párpados se enternecen buscándolos
entre el juego y una maternal prudencia.

Te digo

ensayando la armonía

que mis pasos
cada luna se me pierden.
No han nacido para estar encadenados
a mis suelas.
Sólo en la arena mojada por el mar
se detienen
permanecen ateridos en mis plantas
no sé si por miedo
o porque creen
que el mar es el final de todos los caminos
y se piensan que están en su cajita helada
bajo tierra.

Te digo
que ahí están
que me han traído a este rito de paso de ataúdes.
Señalo un rinconcito
oscurecido por la sombra de una mesa.

Una nube de electrones enloquece
en nuestro en medio
mientras vemos
abrazados
sin brazos
con el barro de todos los latidos
tus pasos y mis pasos
comiéndose a besos
midiéndose entre ellos
acoplados en una dimensión perfecta.

 

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