Percy Bysshe Shelley murio en el naufragio del “Ariel” (nombre de un personaje shakespeariano).

Diez días después, las olas, risas espumosas de la naturaleza a la que tanto amó, devolvieron sus restos hasta la orilla con el rostro completamente desfigurado por los mordiscos de los peces.

Le reconocieron gracias al volumen de poemas de Keats que llevaba en el bolsillo.

Incineraron su cuerpo, en ese mismo lugar, en presencia de las personas a las que había amado sin reglas: Mary Shelley, Claire, Jane Williams, Lord Byron, Hunt y algunos pescadores (quizás parte de aquellos oprimidos de los que escribió).

Enterraron casi todo lo que quedó junto a su idolatrado Keats, como él quería.

Su corazon, no.

Se lo expirtaron. Su esposa Mary Shelley lo conservó un tiempo. Quizás si hubiera sido real su Doctor Frankenstein, le hubiera devuelto la vida a Percy metiendo su corazón en otro cuerpo.

Pero no.

Nos queda su poesía.

Y su corazón que finalmente descansó de una vida llena de angustia bajo tierra, creo, junto a la tumba de uno de sus hijos en el cementerio de Bournemouth.

Y un poco junto a la mía.