Tengo muchos defectos, manías de porcelana, si se quiere.

Y si no se quiere, es lo mismo, los tengo.

Entre mis manías, ostento la insigne patochada de coleccionar notarios que puedan atestiguan mis vilezas mirando inquisitivos el rayo de luna que se cuela en mi habitación algunas noches.

Estornudo pájaros que vuelan en bandadas, con los ojos abiertos y el ridículo afán de observar el alma que se me escapa cada mañana cuando tomo café y galletas de canela.

Aborrezco a los constructores de imperios.

Aborrezco a los constructores de patrañas.

Aborrezco a los constructores de cadalsos hasta el punto de vestir de frac los lunes por la tarde, y perseguirlos cargado de maderos, y construir pequeños cadalsitos en sus buzones en cuanto profieren un ruido inapropiado masticando comida, o desechan alguna flor por tener pétalos pares.

Amo, sin embargo, a los constructores de pirámides, moléculas o sinestesias, dejando montoncitos de piedras apilados en los bordes de las calles que han pisado.

Hablo poco, pero lo hago dormido.

Hablo conmigo en idiomas inventados para reírme a solas de mí mismo.

Bebo vino, cerveza, whisky de malta, agua de torrente, agua marina, agua de zafiros, de ternura, de renglón, de nube. Bebo hasta mirar la vida borracho de una vitalidad mortal.

Bebo a solas, en silencio, para no escandalizar a las peluqueras ni con los notarios, ni con los estornudos, ni con los estorninos, ni con los cadalsos, ni con los constructores de peluquerías que buscan el amor en los bares con la timidez propia de su oficio.

Amo, sin embargo, la transigencia de las lavanderas.

Nada de todo esto sería un problema si al menos dos tercios de la población mundial estuviera constituida por lavanderas, que robaran con sus cánticos la importancia de las cosas para lanzarlas al río como quien lanza una jabalina sin rumbo.

Amo la rumba y el rombo como formas de articular un esquema de valores de un mundo que ya no existe, aunque insista en existir. Aunque las lavanderas laven la pátina mugrienta del decoro con los muslos al aire y el bamboleo de sus pechos chocando contra el arrecife del futuro.

El semen desperdiciado. La mano blanca y fuerte y tardía. El infalible y honesto esfuerzo altruista de las lavanderas, nereidas tempranas de nudillos ardientes.

Abandono regueros de hijos muertos de escalofrío en la ventana de lienzo de las lavanderas. Nadando inertes hacia el océano.

Barquitos de transigencia de mis defectos.

El océano, en cambio, lo reconozco, es un asco hoy en día. Un asco todavía mayor si cabe.

Sí cabe. Cabe una armada invencible de fetos de honestidad y recuerdos. En una inmensidad de océano, aún dentro de un vaso, todo cabe.