Querida señorita centrípeda:

Volaba.

Tal vez no lo recuerde como yo y por eso debo recordárselo en esta misiva. Pero, cuando llegó, usted volaba.

¿Acaso ha olvidado el mecanismo mágico que le permitía flotar como una pluma entre la basura del mundo?

Se lo aseguro, mi querida señorita. Usted volaba aquel mediodía. Como si el pavimento todo de Madrid fuera de fieltro, y la mugre de las esquinas del barrio de las letras conservara el espíritu de tinta de aquel siglo perdido que tanto ama.

Yo le juro que no miento: Usted llegó con pasitos felinos, como evitando versos de Lope, o de Cervantes, o Quevedo, abandonados en los adoquines grises. Temiendo ser descubierta entre tanto ruido de vehículos motorizados, intrusos engendros de aquel momento. Y poco a poco los pasitos se separaron de la tierra y los restos de orín y las manchas de alquitrán y la pesadumbre que nos hace a todos los demás gravitar pegados a la nada en nuestras cavilaciones.

Los edificios, adustos e incrédulos, la observaban con ojos aventanados. Y yo, que la esperaba ansioso, apenas pude darme cuenta de su llegada etérea, dos metros por encima de mi cabeza.

El cielo lo cruzaban dos nubes tan tímidas como usted que se arremolinaron alrededor de su figura como un capitel jónico. El vestido verde infinito. La sombrilla innecesaria (mentira, me dirá) y roja, la recuerdo roja, como un parapeto de carne contra las leyes divinas que no estaba dispuesta a violar tan fácilmente aunque estuviera violando las de la física más elemental.

-Hay que asesinar a todos los poetas -dijo.

¿Lo recuerda?

Lo recordaría como yo recuerdo sus labios abriéndose paso entre la mancha de color utopía que brillaba sobre su barbilla.

Tenía usted razón. Habría que haberlos asesinado a todos (y me incluyo).  Fue entonces, casi sin darnos cuenta, usted flotando a dos metros sobre mi cabeza y yo hurgando en la esperanza como se hurga en el pelaje de un perro sin dueño, cuando comenzamos a urdir, juntos, un plan infame para acabar con toda la pseudopoesía que sale despedida de los tubos de escape y se cuela por las alcantarillas y embota las narices de los funcionarios de prisiones del tiempo.

Usted no lo recuerda, pero llegó tan silenciosa e incorpórea, volando a lomos de su sombrilla, que se borraron las líneas del horizonte y, con una sola frase, se desarmaron mis ansias y olvidé a la banda de música que tenía preparada para honrar su llegada. Los músicos me espetaron atónitos una mueca secándose el sudor del verano madrileño entre tubas y helicones, con pañuelos que más tarde habrían de lavar unas máquinas que Mayakovski habría exaltado en letras cirílicas, absurdas para mí, placentarias para usted.

Ni siquiera Dostoievski habría dejado de interrumpir su siesta de princesas burocráticas e infames, subyugado por aquel momento de batista flotante entre los siglos.

Llego usted tan volandera que conquistó un silencio de arcabuces rendidos que daba sentido al mundo tal cual lo conocemos, y los ladrones de alhajas, los infartos y las epifanías hicieron un pacto que me endeudó para siempre con el futuro: Sería con usted, o no sería.

Maldito pacto que hoy maldigo dos veces al día en mi memoria.

Poco después, ¿lo recuerda?, compartimos semillas. Sospecho ahora que era parte del plan, aunque en aquel momento yo no lo sabía. Estaba usted aniquilándome despacio, con todos los demás, impunemente.

Usted descendió del cielo para sentarse a la mesa conmigo en un momento de gracia en el que cielo y tierra se besan en silencio para luego separarse como un atardecer rojizo y efímero.

Durante unos segundos dejó que su vestido verde fuera más piel que vestido y, alojados los dos, bajo la sombra de su sombrilla, me hizo creer que fundábamos un estado en el que ningún pseudopoeta sin pasaporte pudiera acceder sin su visado. Nadie, ni la luna, ni los artificios tristes que miran los ingratos violadores de la lengua.

Qué henchido y falto de maldiciones me creía.

Por un momento creí que tocaba su corazón sin excavar con palabras. Por un momento, me hice alabastro de su carne. La endivia y molde de Bernini. Poeta de mármol renacido. Fotograma perdurable de su estrella.

Pero yo no sé flotar ni derrumbarme, ni mucho menos hacer las dos cosas al mismo tiempo. Y mi guarida está a ras del suelo en esta innecesaria letanía de coordenadas vacías.

Así que no me extraña que el plan se quedara en nada. Ni me extraña que a mis huellas dactilares no se les haya olvidado el tacto del tejido de su vestido verde. Quise jugar con sus labios, pero eran girones de nube de esos que se deshacen cuando aprietas.

De todo aquello, me quedo con la impresión deseada de que usted no recuerda. Debe ser eso. No recuerda ni el enigma perverso de mis manos buscando entre los pliegues del algodón, ni mi boca de fuego, ni mi insólita intención de volar a su lado. Ni siquiera su vuelo nítido y distante recuerda.

Ahora, cada vez que vuelvo a dejar mi rastro canino en esa esquina, me vienen a la mente los semilleros tristes que murieron intentando desbrozar al mundo de la pseudopoesía y la certeza de lo innecesario: Su sombrilla innecesaria convirtiendo Madrid en una tarde goyesca. Como aquella reproducción en la pared de la habitación inhabitable de mis abuelos, en la que un mozo intentaba vanamente parar el sol sobre la sombra de una dama que, en realidad, al menos así lo recuerdo, flotaba por arte de magia en su propia sombrilla de miriñaque.

Usted no lo recuerda. Estoy seguro. Por eso se lo escribo. Probablemente. Ojalá sea eso y pueda volar de nuevo recordando mi caricia usurpadora de su vestido verde, y el paso infranqueable que exploré bajo el círculo perfecto que dibujaba su sombrilla roja.